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De los TCA se sale. La historia de Rocío

Hoy os comparto la historia de Rocío, una persona que es un ejemplo de valor y esfuerzo constante; ejemplo de valentía y fortaleza. Recuerdo el día que llegó a consulta, algo tímida y asustada diría yo; “Cristina, yo creo que tengo una adicción a la comida”. Nada más lejos de la realidad. Es un caso de que con trabajo, de los TCA se sale.

“Me gustaría compartir mi historia con la comida. ¿Por dónde empezar? Es un ejercicio complicado porque hay muchos aspectos alrededor de la comida a lo largo de mi vida.

Voy a empezar con las restricciones. Empezaron muy pronto. De hecho, creo que aprendí que pasar hambre era lo normal siendo un bebé: antes de hablar, el pediatra consideró que mi madre tenía que dejar de darme dos biberones a lo largo del día, por lo que mi madre me consolaba con el chupete hasta que llegar al ahora del siguiente biberón.

Y es que sí, siempre he sido gorda. Aunque ahora veo fotos de cuándo era pequeña y creo que no estaba gorda, era grande, pero no estaba gorda.

Con algunos años (pero pocos), mi madre me prohibía decirle a cualquiera de mis abuelas que tenía hambre para evitar que me dieran de merendar. También me contaba las galletas del desayuno, me racionaba las chuches y me medía el tamaño del pan de los bocadillos. Mientras, veía cómo mi hermana comía tantas galletas como quería (normalmente pocas), tenía acceso ilimitado a las golosinas y sus bocatas siempre eran más grandes que los míos (aunque siempre se dejaba). Esto provocaba que yo comiese con mucha voracidad, como si alguien pudiese quitarme la comida. En los cumpleaños, barbacoas y otras fiestas comía hasta enfermar. Literalmente, comía hasta vomitar. Incluso aunque no me gustase mucho lo que hubiese de comida, engullía todo lo que podía. Recuerdo una temporada que mi madre me mandaba fruta al cole y yo lo intercambiaba con mi amiga, que siempre llevaba bollería. Así pasé mi infancia y gran parte de mi adolescencia: pensando en comida todo el tiempo y pasando hambre cada día. Y pensaba que eso era normal.

Mientras, era una niña a la que le gustaba el ejercicio, pero siempre que fuera divertido (¿a quién no?): salía a patinar cada día con mis amigas, bailaba cuatro días a la semana, jugaba al fútbol con los niños en el patio y me encantaba saltar a la comba, jugar al elástico… Adoraba mover el cuerpo, pero cuando era divertido, no porque fuese obligatorio en el colegio. De hecho, para estas actividades nunca me molestó mi asma, mientras que en Educación Física siempre tenía ataques que me impedían respirar. Bailaba hasta la música del telediario. Cuando actuaba en público los comentarios que más se repetían eran: “ay que ver cómo se mueve para lo gorda que está”, “no pensaba que pudiera tener esa elasticidad”, “¡vaya ritmo tiene con lo gordita que está”. Como si el sentido del ritmo fuera inversamente proporcional a la grasa acumulada en tu cuerpo.

La adolescencia llegó con miles de complejos. Soy andaluza y puede que haya exagerado, pero los michelines, la celulitis, no “poder” usar determinada ropa, cómo se movía mi pecho al saltar… Además, añadimos otros nuevos como vello corporal, orientación sexual no aceptada, una hermana y unas primas todas delgaditas… Así que la adolescencia fue una lucha entre restricciones de alimentos y, sobre todo, reducción de la cantidad de alimentos; y la aparición de los atracones. Sinceramente, creo que empezaron antes, de niña, cuando comía hasta vomitar. Pero la culpa después de los atracones, los cortes en la tripa para hacerla más pequeña, los intentos por vomitar después de comer y el ejercicio excesivo para quemar lo que me había comido, empezó en la adolescencia. Supongo que vino de la mano con el bullyng del colegio y de ser consciente de algunos de los abusos a los que estaba siendo sometida, sobre los 12 o 13 años. También vino la regla, aparecieron los granos, decían que salían más granos si comías chocolate… Un continuo flujo de información que me llevaba a ver todo lo que no estaba bien en mí. Pero ¿sabéis qué? Era perfecta tal y como era. Era maravillosa. Era única y muy especial. Pero no lo sabía y empecé a esconderme bajo ropa grande y negra, a taparme la cara con un flequillo y a intentar cambiar todo de mí. Un sueño recurrente en esta época era amanecer siendo delgada y tener la necesidad de ir a comprar ropa nueva.


Así llegamos a la siguiente etapa de mi vida: mi entrada en una organización ultrarreligiosa. Yo, que nunca había creído en Dios, me hice miembro de esta organización.

Siento que esto se está haciendo muy largo, pero creo que puede ayudar a algunas personas a pedir ayuda antes de lo que lo hice yo. Esta etapa abarca desde los 16 hasta los 22 años. 6 años de mi vida. 6 años que se dividen claramente en una primera etapa de “aparente felicidad”, en la que me siento querida y aceptada. La comida deja de ser un pilar sobre el que gira cada uno de mis pasos y se convierte en un momento de intercambio social agradable y también un momento de nutrición. Perfecto, ¿no? Pues no. ¡Sorpresa! El castillo en el aire que me estuve haciendo durante los primeros años se derrumbó y caí desde lo más alto. No estaba hecha para esa vida. No quería dedicarme a servir a otras personas el resto de mi vida. No quería hacer “apostolado”, no quería hacer mortificación corporal, no quería estar lejos de mi familia… No creía en la vida que estaba “condenada” a vivir el resto de mis días. Así que los atracones volvieron más fuertes que nunca. Engordé muchísimo en muy poco tiempo, también motivado porque tuve que abandonar el deporte por una fractura en un pie (seguí haciendo mucho deporte: tenis, baloncesto, pilates, senderismo…). Comía de noche, cuando nadie me veía. Escondía las galletas en mi ropa interior y me las llevaba a mi habitación, donde me las comía de dos en dos. En la casa donde vivía (vivíamos muchas mujeres juntas en una misma casa) se dieron cuenta de que faltaba comida y pusieron un candado a la despensa. Se acabó el poder darme atracones. Solución, intentar quitarme la vida. ¿Quería morirme? Realmente, pienso que no, pero quería acabar con aquella vida. Así que me echaron. Llamaron a mis padres y vinieron a buscarme. Así acabó una de las etapas que más me han marcado: con un abandono cuando más enferma estaba

De vuelta en casa de mis padres, tenía miedo de todo. De salir a la calle, de hablar, de coger cualquier cosa de la nevera. Pedía permiso para todo. Cuando me recuperé de mi lesión intenté retomar el deporte, pero ya no podía. No me llenaba. No me sentía bien realizándolo. Así que lo dejé. Volví a bailar y estuve haciéndolo durante tres o cuatro años más, pero no me llenaba.

Mientras tanto, seguía dándome atracones. Empecé a trabajar, tenía dinero y me compraba lo que me apetecía (generalmente palmeras de chocolate, que no me encantan, la verdad). Y me las comía muy deprisa, sin que nadie me viese. Alternando esto con mil dietas: la de los puntos, la de los batidos, la Dunkan, la de las hierbas… Todas, creo. Bajaba de peso, pero lo recuperaba. Volvía a bajar, pero lo volvía a recuperar…

Avancé mucho en mi faceta profesional. Estudié, me formé, conseguí una plaza de maestra de la especialidad que más me gusta en el mundo, resolví mi conflicto con mi orientación sexual, me demostré a mi misma que podía hacer muchas cosas que siempre pensé que no podría como vivir sola, tener relaciones sanas, alejarme de gente que no me aportaba beneficios, cuidar de una mascota, ser autosuficiente económicamente. En definitiva, ser una adulta funcional. Pero seguían mis atracones.

Hace cuatro años, (ya queda poco) me diagnosticaron diabetes. Durante un año estuve mal diagnosticada: estaba gorda y tenía el azúcar alto diagnóstico de diabetes tipo 2 sin hacer más pruebas. La doctora venía a decirme que era diabética porque estaba gorda, tenía la culpa de estar enferma. Podría solucionarlo adelgazando. Evidentemente no pasó. Tuve que cambiar de provincia de nuevo para que una doctora pensara que, puesto que era joven, mi peso podría estar ocultando la verdadera enfermedad. Resultado: diabetes tipo 1, agravada por no estar bien tratada desde el principio. No quiero entrar en las diferencias, pero en el caso de la diabetes tipo 1 no tiene nada que ver los hábitos de la persona: el páncreas deja de funcionar y es autoinmune y está programado desde el momento del nacimiento: aunque hubiese pesado la mitad de lo que he estado pesando a lo largo de toda mi vida, habría desarrollado la enfermedad.

Y aquí llegó mi salvación: un enfermero especialista en diabetes me aconsejó visitar a Cristina. Yo pensaba que era adicta a la comida y que una psicóloga iba a tratar esa adicción y podría, al fin, ser delgada.

Spoiler, no fue así. Resulta que tenía un trastorno alimentario, con sus criterios diagnósticos y todo. Y, lo más importante, podía comer todo lo que quisiera. Esas palabras me daban tanto miedo. Si me daba permiso, mi vida iba a ser un continuo atracón. Iba a estar más gorda que nunca. Iba a pasar la vida comiendo. De nuevo, no fue así.

Ahora sigo siendo una persona con un cuerpo gordo. Un cuerpo para el que se fabrica poca ropa y para el que muchas sillas, asientos de autobuses y butacas de teatro no están preparadas. Pero ¿sabéis qué? Ese no es mi problema, me afecta evidentemente, pero no puedo hacer nada más que visibilizar los cuerpos grandes y gordos y luchar porque necesitamos más espacio en este mundo diseñado para cuerpos pequeños. Es mi cuerpo, me permite bailar cada vez que me apetece, me permite abrazar a la gente que quiero y también me deja hacer el trabajo tan maravilloso que tengo, acariciar a mi perrita, reírme con mis amigas, superar un ataque de ansiedad y llorar cuando me siento triste mientras me “hago bolita” en el sofá.

Ahora como sin culpa, disfruto de la comida que me gusta y consumo otros alimentos que no me gustan, pero que mi cuerpo necesita para poder darme muchos momentos felices. Soy capaz de ir a comer a sitios nuevos, no me agobia no tener chocolate en la despensa y puedo parar de comer cuando me siento saciada aunque quede comida en el plato. Creo que la comida ocupa el lugar que le corresponde en mi vida. Y eso es ¡tan guay!

No ha sido fácil. Tres años de terapia (creo que ya son cuatro). Es difícil sacar todo lo que llevas en la mochila y colocar cada cosa donde corresponde. Pero Seguiré transitando este camino que me permite escribir palabras como las que he compartido contigo. No dudes en pedir ayuda, te mereces una vida en la que tu seas protagonista real.”


28 November, 2022

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